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PORQUE RON Y HERMIONE! .RAZONES SUFICIENTES


By Anne Delacour - Posted on 23 October 2009

1.¿Sabéis a qué casa vais a ir? Estuve preguntando por ahí y espero estar en Gryffindor, parece la mejor de todas. Oí que Dumbledore es¬tuvo allí, pero supongo que Ravenclaw no será tan mala... De todos modos, es mejor que sigamos buscando el sapo de Nevi¬lle. Y vosotros dos deberíais cambiaros ya, vamos a llegar pronto.
Y se marchó, llevándose al chico sin sapo.
—Cualquiera que sea la casa que me toque, espero que ella no esté —dijo Ron. Arrojó su varita al baúl—. Qué hechi¬zo más estúpido, me lo dijo George. Seguro que era falso.

Aqui Ron esta infantilmente molesto por la actitud de hermione, desde un principio hubo tension entre ellos dos!

2.—Se volvió hacia Hermione—. ¿Podemos ayu¬darte en algo?
—Mejor que os apresuréis y os cambiéis de ropa. Acabo de ir a la locomotora, le pregunté al conductor y me dijo que ya casi estamos llegando. No os estaríais peleando, ¿verdad? ¡Os vals a meter en líos antes de que lleguemos!
—Scabbers se estuvo peleando, no nosotros —dijo Ron, mirándola con rostro severo—. ¿Te importaría salir para que nos cambiemos?
—Muy bien... Vine aquí porque fuera están haciendo chi¬quilladas y corriendo por los pasillos —dijo Hermione en tono despectivo—. A propósito, ¿te has dado cuenta de que tienes sucia la nariz?
Ron le lanzó una mirada de furia mientras ella salía

=) esta me da mucha risa, Ron se porta re gorsero con Hermione

3.Granger, Hermione.
Hermione casi corrió hasta el taburete y se puso el som¬brero, muy nerviosa.
—¡GRYFFINDOR! —gritó el sombrero. Ron gruñó

(desde un principio pendiente de la chica)

4. Los dos miraron. Era Hermione Granger.
—¿No se puede comer en paz en este lugar? —dijo Ron.
Hermione no le hizo caso y se dirigió a Harry
—No pude dejar de oír lo que tú y Malfoy estabais di¬ciendo...
—No esperaba otra cosa —murmuró Ron.
—... y no debes andar por el colegio de noche. Piensa en los puntos que perderás para Gryffindor si te atrapan, y lo harán. La verdad es que es muy egoísta de tu parte.
—Y la verdad es que no es asunto tuyo —respondió Harry.
—Adiós —añadió Ron.

5. Una luz brilló. Era Hermione Granger; con el rostro ce¬ñudo y una bata rosada.
—¡Tu! —dijo Ron furioso—. ¡Vuelve a la cama!
—Estuve a punto de decírselo a tu hermano —contestó enfadada Hermione—. Percy es el prefecto y puede deteneros.
Harry no podía creer que alguien fuera tan entrometido.
—Vamos —dijo a Ron. Empujó el retrato de la Dama Gorda y se metió por el agujero.
Hermione no iba a rendirse tan fácilmente. Siguió a Ron a través del agujero, gruñendo como una gansa enfadada.
—No os importa Gryffindor; ¿verdad? Sólo os importa lo vuestro. Yo no quiero que Slytherin gane la copa de las casas y vosotros vais a perder todos los puntos que yo conseguí de la profesora McGonagall por conocer los encantamientos para cambios.
—Vete.
—Muy bien, pero os he avisado. Recordad todo lo que os he dicho cuando estéis en el tren volviendo a casa mañana. Sois tan...
Pero lo que eran no lo supieron. Hermione había retroce¬dido hasta el retrato de la Dama Gorda, para volver; y descu¬brió que la tela estaba vacía. La Dama Gorda se había ido a una visita nocturna y Hermione estaba encerrada, fuera de la torre de Gryffindor.
—¿Y ahora qué voy a hacer? —preguntó con tono agudo.
—Ése es tu problema —dijo Ron—. Nosotros tenemos que irnos o llegaremos tarde.
No habían llegado al final del pasillo cuando Hermione los alcanzó.
—Voy con vosotros —dijo.
—No lo harás.
—¿No creeréis que me voy a quedar aquí, esperando a que Filch me atrape? Si nos encuentra a los tres, yo le diré la verdad, que estaba tratando de deteneros, y vosotros me apo¬yaréis.
—Eres una caradura —dijo Ron en voz alta.

6. Ron miró su reloj y luego echó una mirada furiosa a Her¬mione y Neville.
—Si nos atrapan por vuestra culpa, no descansaré hasta aprender esa Maldición de los Demonios, de la que nos habló Quirrell, y la utilizaré contra vosotros.
Hermione abrió la boca, tal vez para decir a Ron cómo utilizar la Maldición de los Demonios, pero Harry susurró que se callara y les hizo señas para que avanzaran.

7. Ron, sin embargo, tuvo que trabajar con Hermione Granger. Era difícil decir quién estaba más enfadado de los dos. La muchacha no les hablaba desde el día en que Harry recibió su escoba

8.Ron, en la mesa próxima, no estaba teniendo mucha más suerte.
—¡Wingardium leviosa! —gritó, agitando sus largos bra¬zos como un molino.
—Lo estás diciendo mal. —Harry oyó que Hermione lo reñía—. Es Win-gar-dium levi-o-sa, pronuncia gar más claro y más largo.
—Dilo, tú, entonces, si eres tan inteligente —dijo Ron con rabia.
Hermione se arremangó las mangas de su túnica, agitó la varita y dijo las palabras mágicas. La pluma se elevó del pupitre y llegó hasta más de un metro por encima de sus ca¬bezas.
—¡Oh, bien hecho! —gritó el profesor Flitwick, aplau¬diendo—. ¡Mirad, Hermione Granger lo ha conseguido!
Al finalizar la clase, Ron estaba de muy mal humor.
—No es raro que nadie la aguante —dijo a Harry, cuando se abrían paso en el pasillo—. Es una pesadilla, te lo digo en serio.
Alguien chocó contra Harry. Era Hermione. Harry pudo ver su cara y le sorprendió ver que estaba llorando.
—Creo que te ha oído.
—¿Y qué? —dijo Ron, aunque parecía un poco incómo¬do—. Ya debe de haberse dado cuenta de que no tiene amigos.

9. —¡Nunca pensé en buscar aquí! —susurró excitada—. Lo saqué de la biblioteca hace semanas, para tener algo lige¬ro para leer.
—¿Ligero? —dijo Ron, pero Hermione le dijo que espera¬ra, que tenía que buscar algo y comenzó a dar la vuelta a las páginas, enloquecida, murmurando para sí misma.
Al fin encontró lo que buscaba.
—¡Lo sabía! ¡Lo sabía!
—¿Podemos hablar ahora? —dijo Ron con malhumor. Hermione hizo caso omiso de él.

10.—Hermione, faltan siglos para los exámenes.
—Diez semanas —replicó Hermione—. Eso no son si¬glos, es un segundo para Nicolás Flamel.
—Pero nosotros no tenemos seiscientos años —le recor¬dó Ron—. De todos modos, ¿para qué repasas si ya te lo sabes todo?
—¿Que para qué estoy repasando? ¿Estás loco? ¿Te has dado cuenta de que tenemos que pasar estos exámenes para entrar en segundo año? Son muy importantes, tendría que ha¬ber empezado a estudiar hace un mes, no sé lo que me pasó...

11. —¡Entonces enciende un fuego! —dijo Harry.
—Sí... por supuesto... ¡pero no tengo madera! —gimió Hermione, retorciéndose las manos.
—¿TE HAS VUELTO LOCA? —preguntó Ron—. ¿ERES UNA BRUJA O NO?
—¡Oh, de acuerdo! —dijo Hermione. Agitó su varita, murmuró algo y envió a la planta unas llamas azules como las que había utilizado con Snape. En segundos, los dos mu¬chachos sintieron que se aflojaban las ligaduras, mientras la planta se retiraba a causa de la luz y el calor. Retorciéndo¬se y alejándose, se desprendió de sus cuerpos y pudieron moverse.
—Me alegro de que hayas aprendido bien Herbología, Hermione —dijo Harry, mientras se acercaba a la pared, se¬cándose el sudor de la cara.
—Sí —dijo Ron—, y yo me alegro de que Harry no pierda la cabeza en las crisis. Porque eso de «no tengo madera»... francamente

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Camara Secreta
Ron y Hermione.
1.
— ¡Estáis aquí! ¿Dónde os habíais metido? Corren los rumores más absurdos... Alguien decía que os habían expul¬sado por haber tenido un accidente con un coche volador.
—Bueno, no nos han expulsado —le garantizó Harry.
— ¿Quieres decir que habéis venido hasta aquí volando? —preguntó Hermione, en un tono de voz casi tan duro como el de la profesora McGonagall.
—Ahórrate el sermón —dijo Ron impaciente— y dinos cuál es la nueva contraseña.

2.Hermione cerró el libro Viajes con los vampiros y miró a Ron, que seguía encogido.
—Bueno, no sé lo que esperabas, Ron, pero tú...
—No me digas que me lo merezco —atajó Ron.

3.
— ¿Qué hay esta tarde? —dijo Harry, cambiando de tema rápidamente.
—Defensa Contra las Artes Oscuras —dijo Hermione en el acto.
— ¿Por qué —preguntó Ron, cogiéndole el horario— has rodeado todas las clases de Lockhart con corazoncitos?
Hermione le quitó el horario. Se había puesto roja.

4.
__Pero en el equipo de Gryffindor nadie ha tenido que comprar su acceso — observó Hermione agudamente—. To¬dos entraron por su valía.
Del rostro de Malfoy se borró su mirada petulante.
—Nadie ha pedido tu opinión, asquerosa sangre sucia —espetó él.
Harry comprendió enseguida que lo que había dicho Malfoy era algo realmente grave, porque sus palabras pro¬vocaron de repente una reacción tumultuosa. Flint tuvo que ponerse rápidamente delante de Malfoy para evitar que Fred y George saltaran sobre él. Alicia gritó «¡Cómo te atre¬ves!», y Ron se metió la mano en la túnica y, sacando su vari¬ta mágica, amenazó «¡Pagarás por esto, Malfoy!», y sacando la varita por debajo del brazo de Flint, la dirigió al rostro de Malfoy
Un estruendo resonó en todo el estadio, y del extremo roto de la varita de Ron surgió un rayo de luz verde que, dán¬dole en el estómago, lo derribó sobre el césped.
—¡Ron! ¡Ron! ¿Estás bien? —chilló Hermione.
Ron abrió la boca para decir algo, pero no salió ninguna palabra. Por el contrario, emitió un tremendo eructo y le salieron de la boca varias babosas que le cayeron en el regazo.

5.
—Malfoy le llamó algo a Hermione —respondió Harry—. Tiene que haber sido algo muy fuerte, porque todos se pusie¬ron furiosos.
—Fue muy fuerte —dijo Ron con voz ronca, incorporán¬dose sobre la mesa, con el rostro pálido y sudoroso—. Malfoy la llamó «sangre sucia».
Ron se apartó cuando volvió a salirle una nueva tanda de babosas. Hagrid parecía indignado.
—¡No! —bramó volviéndose a Hermione.
—Sí —dijo ella—. Pero yo no sé qué significa. Claro que podría decir que fue muy grosero...
—Es lo más insultante que se le podría ocurrir —dijo Ron, volviendo a incorporarse—. Sangre sucia es un nombre realmente repugnante con el que llaman a los hijos de muggles, ya sabes, de padres que no son magos. Hay algunos ma¬gos, como la familia de Malfoy, que creen que son mejores que nadie porque tienen lo que ellos llaman sangre limpia. —Sol¬tó un leve eructo, y una babosa solitaria le cayó en la palma de la mano. La arrojó a la palangana y prosiguió—. Desde luego, el resto de nosotros sabe que eso no tiene ninguna im¬portancia. Mira a Neville Longbottom... es de sangre limpia y apenas es capaz de sujetar el caldero correctamente.

6.
Un cumpleaños de muerte? —dijo Hermione entusias¬mada, cuando Harry se hubo cambiado de ropa y reunido con ella y Ron en la sala común—. Estoy segura de que hay muy poca gente que pueda presumir de haber estado en una fiesta como ésta. ¡Será fascinante!
—¿Para qué quiere uno celebrar el día en que ha muer¬to? —dijo Ron, que iba por la mitad de su deberes de Pociones y estaba de mal humor—. Me suena a aburrimiento mortal.

7.
—Hermione, déjame leer tu trabajo —le pidió Ron de¬sesperado, mirando el reloj.
—No, no quiero —dijo Hermione, repentinamente seve¬ra—. Has tenido diez días para acabarlo.
—Sólo me faltan seis centímetros, venga.
Sonó la campana. Ron y Hermione se encaminaron al aula de Historia de la Magia, discutiendo.

8.
—No... no me gustan... las arañas —dijo Ron, nervioso.
—No lo sabía —dijo Hermione, mirando sorprendida a Ron—. Has usado arañas muchas veces en la clase de Po¬ciones...
—Si están muertas no me importa —explicó Ron, quien tenía la precaución de mirar a cualquier parte menos a la ventana—. No soporto la manera en que se mueven.
Hermione soltó una risita tonta.
—No tiene nada de divertido —dijo Ron impetuosa¬mente—. Si quieres saberlo, cuando yo tenía tres años, Fred convirtió mi... mi osito de peluche en una araña grande y as¬querosa porque yo le había roto su escoba de juguete. A ti tampoco te harían gracia si estando con tu osito, le hubieran salido de repente muchas patas y...
Dejó de hablar, estremecido. Era evidente que Hermio¬ne seguía aguantándose la risa. Pensando que sería mejor cambiar de tema, Harry dijo:

9.
—No puedo entrar ahí —dijo Ron bruscamente—, es un aseo de chicas.
—Pero Ron, si no habrá nadie dentro —dijo Hermione, poniéndose derecha y acercándose—; aquí es donde está Myrtle la Llorona. Venga, echemos un vistazo.

10.
—Pero ¿cómo podríamos demostrarlo? —preguntó Harry; en tono de misterio.
—Habría una manera —dijo Hermione hablando des¬pacio, bajando aún más la voz y echando una fugaz mirada a Percy—. Por supuesto, sería difícil. Y peligroso, muy peli¬groso. Calculo que quebrantaríamos unas cincuenta nor¬mas del colegio.
—Si, dentro de un mes más o menos, te parece que po¬drías empezar a explicárnoslo, háznoslo saber, ¿vale? —dijo Ron, airado.
—De acuerdo —repuso fríamente Hermione—. Lo que tendríamos que hacer es entrar en la sala común de Slythe¬rin y hacerle a Malfoy algunas preguntas sin que sospeche que somos nosotros.
—Pero eso es imposible —dijo Harry, mientras Ron se reía.
—No, no lo es —repuso Hermione—. Lo único que nos haría falta es una poción multijugos.
—¿Qué es eso? —preguntaron a la vez Harry y Ron.
—Snape la mencionó en clase hace unas semanas.
—¿Piensas que no tenemos nada mejor que hacer en la clase de Pociones que escuchar a Snape? —dijo Ron.

—Esto... ¿Profesor Lockhart? —tartamudeó Hermio¬ne—. Yo querría... sacar este libro de la biblioteca. Sólo para una lectura preparatoria. —Le entregó el trozo de papel con mano ligeramente temblorosa—. Pero el problema es que está en la Sección Prohibida, así que necesito el permiso por escrito de un profesor. Estoy convencida de que este li¬bro me ayudaría a comprender lo que explica usted en Una vuelta con los espíritus malignos sobre los venenos de efecto retardado.
—¡Ah, Una vuelta con los espíritus malignos! —dijo Lockhart, cogiendo la nota de Hermione y sonriéndole fran¬camente—. Creo que es mi favorito. ¿Te gustó?
—¡Sí! —dijo Hermione emocionada—. ¡Qué gran idea la suya de atrapar al último con el colador del té...!
—Bueno, estoy seguro que a nadie le parecerá mal que ayude un poco a la mejor estudiante del curso —dijo Lock¬hart afectuosamente, sacando una pluma de pavo real—. Sí, es bonita, ¿verdad? —dijo, interpretando al revés la expre¬sión de desagrado de Ron—. Normalmente la reservo para firmar libros.

12.
—Es increíble —dijo ella, mientras examinaban los tres la firma en el papel—. Ni siquiera ha mirado de qué libro se trataba.
—Porque es un completo imbécil —dijo Ron—. Pero ¿a quién le importa? Ya tenemos lo que necesitábamos.
—El no es un completo imbécil —chillé Hermione, mien¬tras iban hacia la biblioteca a paso ligero.
—Ya, porque ha dicho que eres la mejor estudiante del curso...

13.
La señora Pince, la bibliotecaria, era una mujer delgada e irascible que parecía un buitre mal alimentado.
—¿Moste Potente Potions?—repitió recelosa, tratando de coger la nota de Hermione. Pero Hermione no la soltaba.
—Desearía poder guardarla —dijo la chica, aguantando la respiración.
—Venga —dijo Ron, arrancándole la nota y entregán¬dola a la señora Pince—. Te conseguiremos otro autógrafo. Lockhart firmará cualquier cosa que se esté quieta el tiem¬po suficiente.

14.
»Ésta es la poción más complicada que he visto nunca —dijo Hermione, al mirar la receta—. Crisopos, sangui¬juelas, Descurainia sophia y centinodia —murmuró, pa¬sando el dedo por la lista de los ingredientes—. Bueno, no son difíciles de encontrar, están en el armario de los estu¬diantes, podemos conseguirlos. ¡Vaya, mirad, polvo de cuerno de bicornio! No sé dónde vamos a encontrarlo..., piel en ti¬ras de serpiente arbórea africana..., eso también será pelia¬gudo... y por supuesto, algo de aquel en quien queramos con¬vertirnos.
—Perdona —dijo Ron bruscamente—. ¿Qué quieres decir con «algo de aquel en quien queramos convertirnos»? Yo no me voy a beber nada que contenga las uñas de los pies de Crabbe.
Hermione continuó como si no lo hubiera oído.
—De momento, todavía no tenemos que preocuparnos porque esos ingredientes los echaremos al final.
Sin saber qué decir, Ron se volvió a Harry, que tenía otra preocupación.
—¿No te das cuenta de cuántas cosas vamos a tener que robar, Hermione? Piel de serpiente arbórea africana en ti¬ras, desde luego eso no está en el armario de los estudiantes, ¿qué vamos a hacer? ¿Forzar los armarios privados de Snape? No sé si es buena idea...
Hermione cerró el libro con un ruido seco.
—Bueno, si vais a acobardaros los dos, pues vale —dijo. Tenía las mejillas coloradas y los ojos más brillantes de lo normal—. Yo no quiero saltarme las normas, ya lo sabéis, pero pienso que aterrorizar a los magos de familia muggle es mucho peor que elaborar un poco de poción. Pero si no tenéis interés en averiguar si el heredero es Malfoy, iré derecha a la señora Pince y le devolveré el libro inmediatamente.
—No creí que fuera a verte nunca intentando persua¬dirnos de que incumplamos las normas —dijo Ron—. Está bien, lo haremos, pero nada de uñas de los pies, ¿vale?
—Pero ¿cuánto nos llevará hacerlo? —preguntó Harry, cuando Hermione, satisfecha, volvió a abrir el libro.
—Bueno, como hay que coger la Descurainia sophia con luna llena, y los crisopos han de cocerse durante veintiún días..., yo diría que podríamos tenerla preparada en un mes, si podemos conseguir todos los ingredientes.
—¿Un mes? —dijo Ron—. ¡En ese tiempo, Malfoy puede atacar a la mitad de los hijos de muggles! —Hermione vol¬vió a entornar los ojos amenazadoramente, y él añadió sin vacilar—: Pero es el mejor plan que tenemos, así que ade¬lante a toda máquina.
Sin embargo, mientras Hermione comprobaba que no había nadie a la vista para poder salir del aseo, Ron susurró a Harry:
—Sería mucho más sencillo que mañana tiraras a Mal¬foy de la escoba.

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15.
—¿Te atreves ahora a defender a Lockhart, Hermione? —le dijo Ron a través de la cortina mientras hacía pasar los dedos inanimados de Harry por el puño de la manga—. Si Harry hubiera querido que lo deshuesaran, lo habría pedido.
—Cualquiera puede cometer un error —dijo Hermio¬ne—. Y ya no duele, ¿verdad, Harry?

16.
—Quizá pueda volverse invisible —dijo Hermione, em¬pujando unas sanguijuelas hacia el fondo del caldero—. O quizá pueda disfrazarse, hacerse pasar por una armadura o algo así. He leído algo sobre fantasmas camaleónicos...
—Lees demasiado, Hermione —le dijo Ron, echando crisopos encima de las sanguijuelas. Arrugó la bolsa vacía de los crisopos y miró a Harry—.

17.
—¡Despertad! —dijo en voz alta, abriendo las cortinas de la ventana.
—Hermione..., sabes que no puedes entrar aquí —dijo Ron, protegiéndose los ojos de la luz.
—Feliz Navidad a ti también —le dijo Hermione, arro¬jándole su regalo—. Me he levantado hace casi una hora, para añadir más crisopos a la poción. Ya está lista.

18.
—Si a mí me hubieran salido bigotes de gato, aprove¬charía para descansar —le dijo Ron una noche, dejando un montón de libros en la mesita que tenía Hermione junto a la cama.
—No seas tonto, Ron, tengo que mantenerme al día —replicó Hermione rotundamente. Estaba de mucho mejor humor porque ya le había desaparecido el pelo de la cara, y los ojos, poco a poco, recuperaban su habitual color ma¬rrón—. ¿Tenéis alguna pista nueva? —añadió en un susu¬rro, para que la señora Pomfrey no pudiera oírla.

19.
—¿Qué es eso? —preguntó Harry, señalando algo dora¬do que sobresalía debajo de la almohada de Hermione.
—Nada, una tarjeta para desearme que me ponga bien
—dijo Hermione a toda prisa, intentando esconderla, pero Ron fue más rápido que ella. La sacó, la abrió y leyó en voz alta:

A la señorita Granger deseándole que se recupere muy pronto, de su preocupado profesor Gilderoy Lockhart, Caballero de tercera clase de la Orden de Merlín, Miembro Honorario de la Liga para la De¬fensa Contra las Fuerzas Oscuras y cinco veces ga¬nador del Premio a la Sonrisa más Encantadora, otorgado por la revista «Corazón de Bruja».

Ron miró a Hermione con disgusto.
—¿Duermes con esto debajo de la almohada?
Pero Hermione no necesitó responder, porque la señora Pomfrey llegó con la medicina de la noche.
—¿A que Lockhart es el tío más pelota que has conocido en tu vida? —dijo Ron a Harry al abandonar la enfermería

20.

—Me recuerda a Percy —dijo Ron, arrugando con dis¬gusto la nariz—: prefecto, Premio Anual..., supongo que se¬ría el primero de la clase.
—Lo dices como si fuera algo vergonzoso —señaló Her¬mione, algo herida.

21.

Las paredes estaban cubiertas de flores grandes de un rosa chillón. Y, aún peor, del techo de color azul pálido caían confetis en forma de corazones. Harry se fue a la mesa de Gryffindor, en la que estaban Ron, con aire asqueado, y Her¬mione, que se reía tontamente.
—¿Qué ocurre? —les preguntó Harry, sentándose y qui¬tándose de encima el confeti.
Ron, que parecía estar demasiado enojado para hablar, señaló la mesa de los profesores. Lockhart, que llevaba una túnica de un vivo color rosa que combinaba con la decora¬ción, reclamaba silencio con las manos. Los profesores que tenía a ambos lados lo miraban estupefactos.

22.
—¡Mis amorosos cupidos portadores de tarjetas! —son—rió Lockhart—. ¡Durante todo el día de hoy recorrerán el colegio ofreciéndoos felicitaciones de San Valentín! ¡Y la di¬versión no acaba aquí! Estoy seguro de que mis colegas que¬rrán compartir el espíritu de este día. ¿Por qué no pedís al profesor Snape que os enseñe a preparar un filtro amoroso? ¡Aunque el profesor Flitwick, el muy pícaro, sabe más sobre encantamientos de ese tipo que ningún otro mago que haya conocido!
El profesor Flitwick se tapó la cara con las manos. Sna¬pe parecía dispuesto a envenenar a la primera persona que se atreviera a pedirle un filtro amoroso.
—Por favor, Hermione, dime que no has sido una de las cuarenta y seis —le dijo Ron, cuando abandonaban el Gran Comedor para acudir a la primera clase. Pero a Hermione de repente le entró la urgencia de buscar el horario en la bolsa, y no respondió.

23.

Se quedaron en silencio. Tras una pausa prolongada, Hermione tuvo una idea elemental.
—¿Por qué no vamos y le preguntamos a Hagrid?
—Sería una visita muy cortés —dijo Ron—. Hola, Ha¬grid, dinos, ¿has estado últimamente dejando en libertad por el castillo a una cosa furiosa y peluda?

24.

Ron leyó el mensaje, tragó saliva con esfuerzo y miró a su lado, al asiento habitualmente ocupado por Hermione. Enton¬ces parecieron disiparse sus dudas, y asintió con la cabeza.

25.
—¿Vería al atacante? —preguntó Ron, mirando con tristeza el rostro rígido de Hermione—. Porque si se apare¬ció sigilosamente, quizá no viera a nadie...

26.
Reposo en cama y tal vez un tazón de cho¬colate caliente. A mí siempre me anima —añadió, guiñán¬dole un ojo bondadosamente—. La señora Pomfrey estará todavía despierta. Debe de estar dando zumo de mandrágo¬ra a las víctimas del basilisco. Seguramente despertarán de un momento a otro.
—¡Así que Hermione está bien! —dijo Ron con alegría.
—No les han causado un daño irreversible —dijo Dum¬bledote

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EL PRISIONERO DES AZKABAN

27. —¿Es verdad que inflaste a tu tía, Harry? —preguntó Hermione muy seria.
—Fue sin querer —respondió Harry, mientras Ron se partía de risa—. Perdí el control.
—No tiene ninguna gracia, Ron —dijo Hermione con se¬veridad—. Verdaderamente, me sorprende que no te hayan expulsado.

28.
—¿Para qué quieres hacer Estudios Muggles? —pregun¬tó Ron volviéndose a Harry y poniendo los ojos en blanco—. ¡Tú eres de sangre muggle! ¡Tus padres son muggles! ¡Ya lo sabes todo sobre los muggles!
—Pero será fascinante estudiarlos desde el punto de vis¬ta de los magos —repuso Hermione con seriedad.
—¿Tienes pensado comer o dormir este curso en algún mo¬mento, Hermione? —preguntó Harry mientras Ron se reía.

29.
—Todavía me quedan diez galeones —dijo comprobando su monedero—. En septiembre es mi cumpleaños, y mis pa¬dres me han dado dinero para comprarme el regalo de cum¬pleaños por adelantado.
—¿Por qué no te compras un libro? —dijo Ron poniendo voz cándida.
—No, creo que no —respondió Hermione sin enfadarse

30.
—¿Has comprado ese monstruo? —preguntó Ron pas¬mado.
—Es precioso, ¿verdad? —preguntó Hermione, rebosan¬te de alegría.

31.
—¡Hermione, ese ser casi me deja sin pelo!
—No lo hizo a propósito, ¿verdad, Crookshanks? —dijo Hermione.
—¿Y qué pasa con Scabbers? —preguntó Ron, seña¬lando el bolsillo que tenía a la altura del pecho—. ¡Necesita descanso y tranquilidad! ¿Cómo va a tenerlos con ese ser cerca?
—Eso me recuerda que te olvidaste el tónico para ratas —dijo Hermione, entregándole a Ron la botellita roja—. Y deja de preocuparte. Crookshanks dormirá en mi dormi¬torio y Scabbers en el tuyo, ¿qué problema hay? El pobre Crookshanks... La bruja me dijo que llevaba una eterni¬dad en la tienda. Nadie lo quería.
—Me pregunto por qué —dijo Ron sarcásticamente, mientras emprendían el camino del Caldero Chorreante. Encontraron al señor Weasley sentado en el bar leyendo El Profeta.

32.
—Vale, Crookshanks —susurró Hermione a través del mimbre—, te dejaré salir en el tren.
—No lo harás —dijo Ron terminantemente—. ¿Y la po¬bre Scabbers?
Se señaló el bolsillo del pecho, donde un bulto revelaba que Scabbers estaba allí acurrucada.

33.
Mientras hablaba, Hermione enredaba las manos en la correa de la cesta en que iba Crookshanks.
—¡No dejes suelta esa cosa! —exclamó Ron.
Pero ya era demasiado tarde. Crookshanks saltó con li¬gereza de la cesta, se desperezó, bostezó y se subió de un brinco a las rodillas de Ron; el bulto del bolsillo de Ron esta¬ba temblando y él se quitó al gato de encima, dándole un em¬pujón irritado.
—¡Apártate de aquí!
—¡No, Ron! —exclamó Hermione con enfado.
Ron estaba a punto de responder cuando el profesor Lu¬pin se movió.

34.
Hermione se aprendía su nuevo horario:
—Bien, hoy comenzamos asignaturas nuevas —dijo ale¬gremente.
—Hermione —dijo Ron frunciendo el entrecejo y miran¬do detrás de ella—, se han confundido con tu horario. Mira, te han apuntado para unas diez asignaturas al día. No hay tiempo suficiente.
—Ya me apañaré. Lo he concertado con la profesora McGonagall.
—Pero mira —dijo Ron riendo—, ¿ves la mañana de hoy? A las nueve Adivinación y Estudios Muggles y... —Ron se acercó más al horario, sin podérselo creer—, mira, Aritmancia, todo a las nueve. Sé que eres muy buena estudiante, Hermione, pero no hay nadie capaz de tanto. ¿Cómo vas a es¬tar en tres clases a la vez?
—No seas tonto —dijo Hermione bruscamente—, por supuesto que no voy a estar en tres clases a la vez.
—Bueno, entonces...
—Pásame la mermelada —le pidió Hermione.
—Pero...
—¿Y a ti qué te importa si mi horario está un poco apre¬tado, Ron? —dijo Hermione—. Ya te he dicho que lo he arre¬glado todo con la profesora McGonagall.

35. —Animo, Ron —dijo Hermione, empujando hacia él una bandeja de estofado—. Ya has oído a la profesora McGo¬nagall.
Ron se sirvió estofado con una cuchara y cogió su tene¬dor; pero no empezó a comer.
—Harry —dijo en voz baja y grave—, tú no has visto en ningún sitio un perro negro y grande, ¿verdad?
—Sí, lo he visto —dijo Harry—. Lo vi la noche que aban¬doné la casa de los Dursley.
Ron dejó caer el tenedor; que hizo mucho ruido.
—Probablemente, un perro callejero —dijo Hermione muy tranquila.
Ron miró a Hermione como si se hubiera vuelto loca.
—Hermione, si Harry ha visto un Grim, eso es... eso es terrible —aseguró—. Mi tío Bilius vio uno y.. ¡murió veinti¬cuatro horas más tarde!
—Casualidad —arguyó Hermione sin darle importan¬cia, sirviéndose zumo de calabaza.
—¡No sabes lo que dices! —dijo Ron empezando a enfa¬darse—. Los Grims ponen los pelos de punta a la mayoría de los brujos.
—Ahí tienes la prueba —dijo Hermione en tono de supe¬rioridad—. Ven al Grim y se mueren de miedo. El Grim no es un augurio, ¡es la causa de la muerte! Y Harry todavía está con nosotros porque no es lo bastante tonto para ver uno y pensar: «¡Me marcho al otro barrio!»
Ron movió los labios sin pronunciar nada, para que Her¬mione comprendiera sin que Harry se enterase. Hermione abrió la mochila, sacó su libro de Aritmancia y lo apoyó abierto en la jarra de zumo.
—Creo que la adivinación es algo muy impreciso —dijo buscando una página—; si quieres saber mi opinión, creo que hay que hacer muchas conjeturas.
—No había nada de impreciso en el Grim que se dibujó en la taza —dijo Ron acalorado.
—No estabas tan seguro de eso cuando le decías a Harry que se trataba de una oveja —repuso Hermione con sere¬nidad.
—¡La profesora Trelawney dijo que no tenías un aura adecuada para la adivinación! Lo que pasa es que no te gus¬ta no ser la primera de la clase.
Acababa de poner el dedo en la llaga. Hermione golpeó la mesa con el libro con tanta fuerza que salpicó carne y za¬nahoria por todos lados.
—Si ser buena en Adivinación significa que tengo que hacer como que veo augurios de muerte en los posos del té, no estoy segura de que vaya a seguir estudiando mucho tiem¬po esa asignatura. Esa clase fue una porquería comparada con la de Aritmancia.
Cogió la mochila y se fue sin despedirse.
Ron la siguió con la vista, frunciendo el entrecejo.
—Pero ¿de qué habla? ¡Todavía no ha asistido a ninguna clase de Aritmancia!

36.
Ron y Hermione no se dirigían la palabra. Harry cami¬naba a su lado, en silencio, mientras descendían por el cés¬ped hacia la cabaña de Hagrid, en el límite del bosque prohi¬bido.

37.

—¡Cinco puntos menos para Gryffindor porque la po¬ción estaba bien hecha! ¿Por qué no mentiste, Hermione? ¡Deberías haber dicho que lo hizo Neville solo!
Ella no contestó. Ron miró a su alrededor.
—¿Dónde está Hermione?
Harry también se volvió. Estaban en la parte superior de las escaleras, viendo pasar al resto de la clase que se diri¬gía al Gran Comedor para almorzar.
—Venía detrás de nosotros —dijo Ron, frunciendo el en¬trecejo.
Malfoy los adelantó, flanqueado por Crabbe y Goyle. Di¬rigió a Harry una sonrisa de suficiencia y desapareció.
—Ahí está —dijo Harry
Hermione jadeaba un poco al subir las escaleras a toda velocidad. Con una mano sujetaba la mochila; con la otra su¬jetaba algo que llevaba metido en la túnica.
—¿Cómo lo hiciste? —le preguntó Ron.
—¿El qué? —preguntó a su vez Hermione, reuniéndose con ellos.
—Hace un minuto venías detrás de nosotros y un ins¬tante después estabas al pie de las escaleras.
—¿Qué? —Hermione parecía un poco confusa—. ¡Ah, tuve que regresar para coger una cosa! ¡Oh, no...!
En la mochila de Hermione se había abierto una costu¬ra. A Harry no le sorprendía; contenía al menos una docena de libros grandes y pesados.
—¿Por qué llevas encima todos esos libros? —le pregun¬tó Ron.
—Ya sabes cuántas asignaturas estudio —dijo Hermio¬ne casi sin aliento—. ¿No me podrías sujetar éstos?
—Pero... —Ron daba vueltas a los libros que Hermione le había pasado y miraba las tapas—. Hoy no tienes estas asignaturas. Esta tarde sólo hay Defensa Contra las Artes Oscuras.
—Ya —dijo Hermione, pero volvió a meter todos los li¬bros en la mochila, como si no la hubieran comprendido—. Espero que haya algo bueno para comer. Me muero de ham¬bre —añadió, y continuó hacia el Gran Comedor.
—¿No tienes la sensación de que Hermione nos oculta algo? —preguntó Ron a Harry.

38.
—Ha sido la mejor clase de Defensa Contra las Artes Oscuras que hemos tenido. ¿No es verdad? —dijo Ron, emo¬cionado, mientras regresaban al aula para coger las mochilas.
—Parece un profesor muy bueno —dijo Hermione—. Pero me habría gustado haberme enfrentado al boggart yo también.
—¿En qué se habría convertido el boggart? —le pregun¬tó Ron, burlándose—, ¿en un trabajo de clase en el que sólo te pusieran un nueve?

39.
Hermione abrió la boca para sostener la opinión contra¬ria, pero en ese momento Crookshanks saltó con presteza a su regazo.
Una araña muerta y grande le colgaba de la boca.
—¿Tiene que comerse eso aquí delante? —preguntó Ron frunciendo el entrecejo.
—Bravo, Crookshanks, ¿la has atrapado tú solito? —dijo Hermione.
Crookshanks masticó y tragó despacio la araña, con los ojos insolentemente fijos en Ron.
—No lo sueltes —pidió Ron irritado, volviendo a su mapa del cielo—. Scabbers está durmiendo en mi mochila.
Harry bostezó. Le apetecía acostarse, pero antes tenía que terminar su mapa. Cogió la mochila, sacó pergamino, pluma y tinta, y empezó a trabajar.
—Si quieres, puedes copiar el mío —le dijo Ron, ponien¬do nombre a su última estrella con un ringorrango y acer¬cándole el mapa a Harry.
Hermione, que no veía con buenos ojos que se copiara, apretó los labios, pero no dijo nada. Crookshanks seguía mi¬rando a Ron sin pestañear; sacudiendo el extremo de su pe¬luda cola. Luego, sin previo aviso, dio un salto.
—¡EH! —gritó Ron, apoderándose de la mochila, al mis¬mo tiempo que Crookshanks clavaba profundamente en ella sus garras y comenzaba a rasgarla con fiereza—. ¡SUELTA, ESTÚPIDO ANIMAIAL!
Ron intentó arrebatar la mochila a Crookshanks, pero el gato siguió aferrándola con sus garras, bufando y ras¬gándola.
—¡No le hagas daño, Ron! —gritó Hermione. Todos los miraban. Ron dio vueltas a la mochila, con Crookshanks agarrado todavía a ella, y Scabbers salió dando un salto...
—¡SUJETAD A ESE GATO! —gritó Ron en el momento en que Crookshanks soltaba los restos de la mochila, saltaba sobre la mesa y perseguía a la aterrorizada Scabbers.
George Weasley se lanzó sobre Crookshanks, pero no lo atrapó; Scabbers pasó como un rayo entre veinte pares de piernas y se fue a ocultar bajo una vieja cómoda. Crooks¬hanks patinó y frenó, se agachó y se puso a dar zarpazos con una pata delantera.
Ron y Hermione se apresuraron a echarse sobre él. Her¬mione cogió a Crookshanks por el lomo y lo levantó. Ron se tendió en el suelo y sacó a Scabbers con alguna dificultad, ti¬rando de la cola.
—¡Mírala! —le dijo a Hermione hecho una furia, ponién¬dole a Scabbers delante de los ojos—. ¡Está en los huesos! Mantén a ese gato lejos de ella.
—¡Crookshanks no sabe lo que hace! —dijo la joven con voz temblorosa—. ¡Todos los gatos persiguen a las ratas, Ron!
—¡Hay algo extraño en ese animal! —dijo Ron, que in¬tentaba persuadir a la frenética Scabbers de que volviera a meterse en su bolsillo—. Me oyó decir que Scabbers estaba en la mochila.
—Vaya, qué tontería —dijo Hermione, hartándose—. Lo que pasa es que Crookshanks la olió. ¿Cómo si no crees que...?
—¡Ese gato la ha tomado con Scabbers! —dijo Ron, sin reparar en cuantos había a su alrededor; que empezaban a reírse—. Y Scabbers estaba aquí primero. Y está enferma.

40.
Al día siguiente, Ron seguía enfadado con Hermione. Ape¬nas habló con ella durante la clase de Herbología, aunque Harry, Hermione y él trabajaban juntos con la misma Vaini¬lla de viento.
—¿Cómo está Scabbers? —le preguntó Hermione aco¬bardada, mientras arrancaban a la planta unas vainas grue¬sas y rosáceas, y vaciaban las brillantes habas en un balde de madera.
—Está escondida debajo de mi cama, sin dejar de tem¬blar —dijo Ron malhumorado, errando la puntería y derra¬mando las habas por el suelo del invernadero.

41.
—Vaya —dijo Hermione. Volvió a guardar silencio. Lue¬go preguntó—: ¿Era viejo?
—No... —dijo Lavender sollozando—. ¡So... sólo era una cría!
Parvati le estrechó los hombros con más fuerza.
—Pero entonces, ¿por qué temías que muriera? —pre¬guntó Hermione. Parvati la fulminó con la mirada—. Bueno, miradlo lógicamente —añadió Hermione hacia el resto del grupo—. Lo que quiero decir es que..., bueno, Binky ni si¬quiera ha muerto hoy. Hoy es cuando Lavender ha recibido la noticia... —Lavender gimió—. Y no puede haberlo temido, porque la ha pillado completamente por sorpresa.
—No le hagas caso, Lavender —dijo Ron—. Las masco¬tas de los demás no le importan en absoluto.
La profesora McGonagall abrió en ese momento la puer¬ta del aula, lo que tal vez fue una suerte. Hermione y Ron se lanzaban ya miradas asesinas, y al entrar en el aula se sen¬taron uno a cada lado de Harry y no se dirigieron la palabra en toda la hora.

42.
No había nada que hacer. Ron llamó de todo a la profesora McGonagall y eso le pareció muy mal a Hermione. Hermione puso cara de «mejor así», lo cual consiguió enfadar a Ron aún más

43.
—Por favor, profesor —dijo Hermione, que seguía con la mano levantada—. El hombre lobo difiere del verdadero lobo en varios detalles: el hocico del hombre lobo...
—Es la segunda vez que hablas sin que te corresponda, señorita Granger —dijo Snape con frialdad—. Cinco puntos menos para Gryffindor por ser una sabelotodo insufrible.
Hermione se puso muy colorada, bajó la mano y miró al suelo, con los ojos llenos de lágrimas. Un indicio de hasta qué punto odiaban todos a Snape era que lo estaban fulminando con la mirada. Todos, en alguna ocasión, habían llamado sa¬belotodo a Hermione, y Ron, que lo hacia por lo menos dos veces a la semana, dijo en voz alta:
—Usted nos ha hecho una pregunta y ella le ha respon¬dido. ¿Por qué pregunta si no quiere que se le responda?
Sus compañeros comprendieron al instante que había ido demasiado lejos.
—Te quedarás castigado, Weasley —dijo Snape con voz suave y acercando el rostro al de Ron—. Y si vuelvo a oírte criticar mi manera de dar clase, te arrepentirás.

44.
—No tiene buen aspecto, ¿verdad? —observó Harry.
—¡Es el estrés! —dijo Ron—. ¡Si esa estúpida bola de pelo la dejara en paz, se encontraría perfectamente!
Pero Harry, acordándose de que la mujer de la tienda de animales mágicos había dicho que las ratas sólo vivían tres años, no pudo dejar de pensar que, a menos que Scabbers tuviera poderes que nunca había revelado, estaba llegando al final de su vida. Y a pesar de las frecuentes quejas de Ron de que Scabbers era aburrida e inútil, estaba seguro de que Ron lamentaría su muerte.
Aquella mañana, en la sala común de Gryffindor; el es¬píritu navideño estuvo ausente. Hermione había encerrado a Crookshanks en su dormitorio, pero estaba enfadada con Ron porque había querido darle una patada. Ron seguía enfa¬dado por el nuevo intento de Crookshanks de comerse a Scab¬bers. Harry desistió de reconciliarlos y se dedicó a examinar la Saeta de Fuego que había bajado con él a la sala común.

45.
—¿Por qué has ido corriendo a la profesora McGonagall?
Hermione dejó el libro a un lado. Seguía con la cara colo¬rada. Pero se levantó y se enfrentó a Ron con actitud desa¬fiante:
—Porque pensé (y la profesora McGonagall está de acuer¬do conmigo) que la escoba podía habérsela enviado Sirius Black.

46.
Oyeron un «chist» de impaciencia detrás de ellos. Era Hermione, que había estado sentada a los pies de una arma¬dura, ordenando la mochila, tan llena de libros que no se ce¬rraba.
—¿Por qué nos chistas? —le preguntó Ron irritado.
—Por nada —dijo Hermione con altivez, echándose la mochila al hombro.
—Por algo será —dijo Ron—. Dije que no sabía qué le ocurría a Lupin y tú...
—Bueno, ¿no es evidente? —dijo Hermione con una mi¬rada de superioridad exasperante.
—Si no nos lo quieres decir, no lo hagas —dijo Ron con brusquedad.
—Vale —respondió Hermione, y se marchó altivamente.
—No lo sabe —dijo Ron, siguiéndola con los ojos y resen¬tido—. Sólo quiere que le volvamos a hablar.

47.
—¿Cómo lo hará? —le preguntó Ron a Harry una tarde,. mientras el segundo terminaba un insoportable trabajo para Snape sobre Venenos indetectables. Harry alzó la vista. A Her¬mione casi no se la veía detrás de la torre de libros.
—¿Cómo hará qué?
—Ir a todas las clases —dijo Ron—. Esta mañana la oí hablar con la profesora Vector, la bruja que da Aritmancia. Hablaban de la clase de ayer. Pero Hermione no pudo ir, porque estaba con nosotros en Cuidado de Criaturas Mágicas. Y Ernie McMillan me dijo que no ha faltado nunca a una clase de Estudios Muggles. Pero la mitad de esas clases coinciden con Adivinación y tampoco ha faltado nunca a éstas.

48.

En aquel preciso instante resonó un grito ahogado en la escalera de los chicos. Todos los de la sala común se quedaron en silencio, petrificados, mirando hacia la entrada. Se acercaban unos pasos apresurados que se oían cada vez más fuerte. Y entonces apareció Ron arras¬trando una sábana.
—¡MIRA! —gritó, acercándose a zancadas a la mesa de Hermione—. ¡MIRA! —repitió, sacudiendo la sábana delante de su cara.
—¿Qué pasa, Ron?
—¡SCABBERS! ¡MIRA! ¡SCABBERS!
Hermione se apartó de Ron, echándose hacia atrás, muy asombrada. Harry observó la sábana que sostenía Ron. Ha¬bía algo rojo en ella. Algo que se parecía mucho a...
—¡SANGRE! —exclamó Ron en medio del silencio—. ¡NO ESTÁ! ¿Y SABES LO QUE HABÍA EN EL SUELO?
—No, no —dijo Hermione con voz temblorosa. Ron tiró algo encima de la traducción rúnica de Hermio¬ne. Ella y Harry se inclinaron hacia delante. Sobre las inscripciones extrañas y espigadas había unos pelos de gato, largos y de color canela.

49.
Parecía el fin de la amistad entre Ron y Hermione. Estaban tan enfadados que Harry no veía ninguna posibilidad de re¬conciliarlos.
A Ron le enfurecía que Hermione no se hubiera tomado en ningún momento en serio los esfuerzos de Crookshanks por comerse a Scabbers, que no se hubiera preocupado por vigilarlo, y que todavía insistiera en la inocencia de Crooks¬hanks y en que Ron tenía que buscar a Scabbers debajo de las camas.
Hermione, en tanto, sostenía con encono que Ron no te¬nía ninguna prueba de que Crookshanks se hubiera comido a Scabbers, que los pelos canela podían encontrarse allí des¬de Navidad y que Ron había cogido ojeriza a su gato desde el momento en que éste se le había echado a la cabeza en la tienda de animales mágicos.
En cuanto a él, Harry estaba convencido de que Crooks¬hanks se había comido a Scabbers, y cuando intentó que Hermione comprendiera que todos los indicios parecían de¬mostrarlo, la muchacha se enfadó con Harry también.

50.
—No puedo, Harry, aún tengo que leer cuatrocientas veintidós páginas —contestó Hermione, que parecía un poco histérica—. Además... —también miró a Ron—, él no quiere que vaya.
No pudo negarlo, porque Ron escogió aquel preciso mo¬mento para decir en voz alta:
—Si Scabbers no hubiera muerto, podría comerse ahora unas cuantas moscas de café con leche, le gustaban tanto...
Hermione se echó a llorar. Antes de que Harry pudiera hacer o decir nada, se puso el mamotreto en la axila y, sin de¬jar de sollozar, salió corriendo hacia la escalera que conducía al dormitorio de las chicas, y se perdió de vista.
—¿No puedes darle una oportunidad? —preguntó Harry a Ron en voz baja.
—No —respondió Ron rotundamente—. Si al menos lo lamentara, pero Hermione nunca admitirá que obró mal. Es como si Scabbers se hubiera ido de vacaciones o algo parecido.

51.
—Tengo algo que comentaros —dijo Hagrid, sentándose entre ellos, con una seriedad que resultaba rara en él.
—¿Qué? —preguntó Harry.
—Hermione —dijo Hagrid.
—¿Qué le pasa? —preguntó Ron.
—Está muy mal, eso es lo que le pasa. Me ha venido a visitar con mucha frecuencia desde las Navidades. Se encuen¬tra sola. Primero no le hablabais por lo de la Saeta de Fuego. Ahora no le habláis por culpa del gato.
—¡Se comió a Scabbers! —exclamó Ron de malhumor.
—¡Porque su gato hizo lo que todos los gatos! —prosi¬guió Hagrid—. Ha llorado, ¿sabéis? Está pasando momentos muy difíciles. Creo que trata de abarcar más de lo que pue¬de. Demasiado trabajo. Aún encontró tiempo para ayudarme con el caso Buckbeak. Por supuesto, me ha encontrado algo muy útil... Creo que ahora va a tener bastantes posibi¬lidades...
—Nosotros también tendríamos que haberte ayudado. Hagrid, lo siento —balbuceó Harry
—¡No os culpo! —dijo Hagrid con un movimiento de la mano—. Ya sé que habéis estado muy ocupados Os he visto entrenar día y noche. Pero tengo que deciros que creía que valorabais más a vuestra amiga que a las escobas o las ra¬tas. Nada más. —Harry y Ron se miraron azorados—. Sufrió mucho cuando se enteró de que Black había estado a punto de matarte, Ron. Hermione tiene buen corazón. Y vosotros dos sin dirigirle la palabra...
—Si se deshiciera de ese gato, le volvería a hablar —dijo Ron enfadado—. Pero todavía lo defiende. Está loco, y ella no admite una palabra en su contra.
—Ah, bueno, la gente suele ponerse un poco tonta con sus animales de compañía —dijo Hagrid prudentemente.

52.
Bueno, Filch no ha tapado la entrada del pasadizo que lleva a Honeydukes —dijo Harry aún más bajo.
—Harry —dijo una voz en su oído derecho. Harry se so¬bresaltó. Se volvió y vio a Hermione, sentada a la mesa que tenían detrás, por un hueco que había en el muro de libros que la ocultaba—, Harry, si vuelves otra vez a Hogsmeade... le contaré a la profesora McGonagall lo del mapa.
—¿Oyes a alguien, Harry? —masculló Ron, sin mirar a Hermione.
—Ron, ¿cómo puedes dejarle que vaya? ¡Después de lo que estuvo a punto de hacerte Sirius Black! Hablo en serio. Le contaré...
—¡Así que ahora quieres que expulsen a Harry! —dijo Ron, furioso—. ¿Es que no has hecho ya bastante daño este curso?
Hermione abrió la boca para responder, pero Crookshanks saltó sobre su regazo con un leve bufido. Hermione se asustó de la expresión de Ron, cogió a Crookshanks y se fue corriendo hacia los dormitorios de las chicas.

53.
—El padre de Malfoy consiguió atemorizar a la Comi¬sión para que tomaran esta determinación —dijo Hermione secándose los ojos—. Ya sabéis cómo es. Son unos viejos im¬béciles y los asustó. Pero podremos recurrir. Siempre se pue¬de. Aunque no veo ninguna esperanza... Nada cambiará.
—Sí, algo cambiará —dijo Ron, decidido—. En esta oca¬sión no tendrás que hacer tú sola todo el trabajo. Yo te ayu¬daré.
—¡Ron!
Hermione le echó los brazos al cuello y rompió a llorar. Ron, totalmente aterrado, le dio unas palmadas torpes en la cabeza. Hermione se apartó por fin.
—Ron, de verdad, siento muchísimo lo de Scabbers —so¬llozó.
—Bueno, ya era muy viejo —dijo Ron, aliviado de que ella se hubiera soltado—. Y era algo inútil. Quién sabe, a lo mejor ahora mis padres me compran una lechuza.

54.
Dio a Malfoy una bofetada con todas sus fuerzas. Malfoy se tambaleó. Harry; Ron, Crabbe y Goyle se quedaron atóni¬tos en el momento en que Hermione volvió a levantar la mano.
—¡No te atrevas a llamar «patético» a Hagrid, so puer¬co... so malvado...!
—¡Hermione! —dijo Ron con voz débil, intentando suje¬tarle la mano.
—Suéltame, Ron.
Hermione sacó la varita. Malfoy se echó hacia atrás. Crabbe y Goyle lo miraron atónitos, sin saber qué hacer.
—Vámonos —musitó Malfoy. Y en un instante, los tres desaparecieron por el pasadizo que conducía a las mazmo¬rras.
—¡Hermione! —dijo Ron de nuevo, atónito por la sor¬presa.
—¡Harry, espero que le ganes en la final de quidditch! —dijo Hermione chillando—. ¡Espero que ganes, porque si gana Slytherin no podré soportarlo!
—Hay que ir a Encantamientos —dijo Ron, mirando to¬davía a Hermione con los ojos como platos.
Subieron aprisa hacia la clase del profesor Flitwick.
—¡Llegáis tarde, muchachos! —dijo en tono de censura el profesor Flitwick, cuando Harry abrió la puerta del aula—. ¡Vamos, rápido, sacad las varitas! Vamos a trabajar con encan¬tamientos estimulantes. Ya se han colocado todos por parejas.
Harry y Ron fueron aprisa hasta un pupitre que había al fondo y abrieron las mochilas. Ron miró a su alrededor.
—¿Dónde se ha puesto Hermione?
Harry también echó un vistazo. Hermione no había en¬trado en el aula, pero Harry sabia que estaba a su lado cuan¬do había abierto la puerta.
—Es extraño —dijo Harry mirando a Ron—. Quizás... quizás haya ido a los lavabos...
Pero Hermione no apareció durante la clase.
—Pues tampoco le habría venido mal a ella un encanta¬miento estimulante —comentó Ron, cuando salían del aula para ir a comer; todos con una dilatada sonrisa. La clase de en¬cantamientos estimulantes los había dejado muy contentos.

55.
—¿Hermione? —dijo Ron con cautela, porque aquellos días saltaba fácilmente cuando la interrumpían—. Eeeh... ¿estás segura de que has copiado bien el calendario de exá¬menes?
—¿Qué? —dijo Hermione bruscamente, cogiendo el ca¬lendario y observándolo—. Claro que lo he copiado bien.
—¿Serviría de algo preguntarte cómo vas a hacer dos exámenes a la vez? —le dijo Harry.
—No —respondió Hermione lacónicamente—. ¿Habéis visto mi ejemplar de Numerología y gramática?
—Sí, lo cogí para leer en la cama —dijo Ron en voz muy baja.

56.
Costó un rato tranquilizar a Hermione. Cuando por fin se recuperó, ella, Harry y Ron volvieron al castillo. Ron se¬guía riéndose del boggart de Hermione, pero cuando estaban a punto de reñir, vieron algo al final de las escaleras

57.
—¡Hermione, no sé qué te pasa últimamente! —dijo Ron, sorprendido—. Primero le pegas a Malfoy, luego te vas de la clase de la profesora Trelawney...
Hermione se sintió halagada.

Imagen de Anne Delacour

58.

—Es Krum —explicó Ron en voz baja.
—¿Quién? —preguntó Hermione.
—¡Krum! —repitió Ron—. ¡Viktor Krum, el buscador del equipo de Bulgaria!
—Parece que tiene malas pulgas —comentó Hermione, observando la multitud de Krums que parpadeaban, ceñudos.
—¿Malas pulgas? —Ron levantó los ojos al cielo—. ¿Qué más da eso? Es increíble. Y es muy joven, además. Sólo tiene dieciocho años o algo así. Es genial. Esperad a esta noche y lo veréis.

59.
El estadio se sumió en gritos de protesta. La multitud no quería que las veelas se fueran, y lo mismo le pasaba a Harry. Por supuesto, apoyaría a Bulgaria, y apenas acerta¬ba a comprender qué hacía en su pecho aquel trébol grande y verde. Ron, mientras tanto, hacía trizas, sin darse cuenta, los tréboles de su sombrero. El señor Weasley, sonriendo, se inclinó hacia él para quitárselo de las manos.
—Lamentarás haberlos roto en cuanto veas a las mas¬cotas de Irlanda —le dijo.
—¿Eh? —musitó Ron, mirando con la boca abierta a las veelas, que acababan de alinearse a un lado del terreno de juego.
Hermione chasqueó fuerte la lengua y tiró de Harry para que se volviera a sentar.
—¡Lo que hay que ver! —exclamó.

60.
—¡Hermione es bruja! —exclamó Harry.
—Sigue tu camino, Potter —dijo Malfoy sonriendo ma¬liciosamente—. Pero si crees que no pueden distinguir a un sangre sucia, quédate aquí.
—¡Te voy a lavar la boca! —gritó Ron. Todos los presen¬tes sabían que sangre sucia era una denominación muy ofensiva para referirse a un mago o bruja que tenía padres muggles.
—No importa, Ron —dijo Hermione rápidamente, aga¬rrándolo del brazo para impedirle que se acercara a Malfoy.

70.
—Yo estoy a punto de convertirme en el ministro de Ma¬gia más joven de todos los tiempos.
A Harry le hizo mucha gracia porque reconoció al de los granos. Se llamaba Stan Shunpike, y en realidad era cobrador en un autobús de tres pisos llamado autobús noctámbulo.
Se volvió para decírselo a Ron, pero vio que éste había adoptado una extraña expresión relajada, y un segundo después su amigo decía en voz muy alta:
—¿Os he contado que he inventado una escoba para ir a Júpiter?
—¡Lo que hay que oír! —exclamó Hermione con un re¬soplido, y entre ella y Harry agarraron firmemente a Ron de los brazos, le dieron media vuelta y siguieron caminando.

71.
—¡Tarta de melaza, Hermione! —dijo Ron, dándosela a oler—. ¡Bollo de pasas, mira! ¡Y pastel de chocolate!
Pero la mirada que le dirigió Hermione le recordó hasta tal punto la de la profesora McGonagall que prefirió desistir.

72.
—Hoy no está mal: fuera toda la mañana —dijo Ron pasando el dedo por la columna del lunes de su horario—. Herbología con los de Hufflepuff y Cuidado de Criaturas Mágicas... ¡Maldita sea!, seguimos teniéndola con los de Slytherin...
—Y esta tarde dos horas de Adivinación —gruñó Harry, observando el horario. Adivinación era su materia menos apreciada, aparte de Pociones. La profesora Trelawney siempre estaba prediciendo la muerte de Harry, cosa que a él no le hacía ni pizca de gracia.
—Tendríais que haber abandonado esa asignatura como hice yo —dijo Hermione con énfasis, untando mante¬quilla en la tostada—. De esa manera estudiaríais algo sensato como Aritmancia.
—Estás volviendo a comer, según veo —dijo Ron, mi¬rando a Hermione y las generosas cantidades de mermela¬da que añadía a su tostada, encima de la mantequilla.
—He llegado a la conclusión de que hay mejores medios de hacer campaña por los derechos de los elfos —repuso Hermione con altivez.
—Sí... y además tenías hambre —comentó Ron, sonriendo

73.
Hermione empezó a comer tan rá¬pido que Harry y Ron se quedaron mirándola.
—Eh... ¿se trata de la nueva estrategia de campaña por los derechos de los elfos? —le preguntó Ron—. ¿Intentas vo¬mitar?
—No —respondió Hermione con toda la elegancia que le fue posible teniendo la boca llena de coles de Bruselas—. Sólo quiero ir a la biblioteca.
—¿Qué? —exclamó Ron sin dar crédito a sus oídos—. Hermione, ¡hoy es el primer día del curso! ¡Todavía no nos han puesto deberes!

74.
—¡Hola! —saludó—, ¡acabo de terminar!
—¡Yo también! —contestó Ron con una sonrisa de triunfo, soltando la pluma.
Hermione se sentó, dejó en una butaca vacía las cosas que llevaba, y cogió las predicciones de Ron.
—No vas a tener un mes muy bueno, ¿verdad? —co¬mentó con sorna, mientras Crookshanks se hacia un ovillo en su regazo.
—Bueno, al menos no me coge de sorpresa —repuso Ron bostezando.
—Me temo que te vas a ahogar dos veces —dijo Hermione.
—¿Sí? —Ron echó un vistazo a sus predicciones—. Ten¬dré que cambiar una de ellas por ser pisoteado por un hipo¬grifo desbocado.
—¿No te parece que es demasiado evidente que te lo has inventado? —preguntó Hermione.
—¡Cómo te atreves! —exclamó Ron, ofendiéndose de broma—. ¡Hemos trabajado como elfos domésticos!
Hermione arrugó el entrecejo.
—No es más que una forma de hablar —se apresuró a decir Ron.
Harry dejó también la pluma. Acababa de predecir su propia muerte por decapitación.
—¿Qué hay en la caja? —inquirió, señalando hacia ella.
—Es curioso que lo preguntes —dijo Hermione, diri¬giéndole a Ron una mirada desagradable. Levantó la tapa y les mostró el contenido.
Dentro había unas cincuenta insignias de diferentes co¬lores, pero todas con las mismas letras: «P.E.D.D.O.»
—¿«Peddo»? —leyó Harry, cogiendo una insignia y mi¬rándola—. ¿Qué es esto?
—No es «peddo» —repuso Hermione algo molesta—. Es pe, e, de, de, o: «Plataforma Élfica de Defensa de los Dere¬chos Obreros.»
—No había oído hablar de eso en mi vida —se extrañó Ron.
—Por supuesto que no —replicó Hermione con énfa¬sis—. Acabo de fundarla.
—¿De verdad? —dijo Ron, sorprendido—. ¿Con cuántos miembros cuenta?
—Bueno, si vosotros os afiliáis, con tres —respondió Hermione.
—¿Y crees que queremos ir por ahí con unas insignias en las que pone «peddo»? —dijo Ron.
—Pe, e, de, de, o —lo corrigió Hermione, enfadada—. Iba a poner «Detengamos el Vergonzante Abuso de Nues¬tras Compañeras las Criaturas Mágicas y Exijamos el Cambio de su Situación Legal», pero no cabía. Así que ése es el encabezamiento de nuestro manifiesto. —Blandió ante ellos el manojo de pergaminos—. He estado documentándo¬me en la biblioteca. La esclavitud de los elfos se remonta a varios siglos atrás. No comprendo cómo nadie ha hecho nada hasta ahora...
—Hermione, métetelo en la cabeza —la interrumpió Ron—: a... ellos... les... gusta. ¡A ellos les gusta la esclavitud!
—Nuestro objetivo a corto plazo—siguió Hermione, ha¬blando aún más alto que Ron y actuando como si no hubiera oído una palabra— es lograr para los elfos domésticos un salario digno y unas condiciones laborales justas. Los obje¬tivos a largo plazo incluyen el cambio de la legislación sobre el uso de la varita mágica y conseguir que haya un repre¬sentante elfo en el Departamento de Regulación y Control de las Criaturas Mágicas.
—¿Y cómo lograremos todo eso? —preguntó Harry.
—Comenzaremos buscando afiliados —explicó Her¬mione muy contenta—. Pienso que puede estar bien pedir como cuota de afiliación dos sickles, que darán derecho a una insignia, y podemos destinar los beneficios a elaborar panfletos para nuestra campaña. Tú serás el tesorero, Ron: tengo arriba una hucha de lata para ti. Y tú, Harry, serás el secretario, así que quizá quieras escribir ahora algo de lo que estoy diciendo, como testimonio de nuestra primera sesión.
Hubo una pausa en la que Hermione les sonrió satis¬fecha, y Harry permaneció callado, dividido entre la exas¬peración que le provocaba Hermione y la diversión que le causaba la cara de Ron, el cual parecía hallarse en un es¬tado de aturdimiento.

75.

—¿Ese idiota, campeón de Hogwarts? —gruñó Ron mientras se abrían camino hacia la escalera por entre la bu¬lliciosa multitud.
—No es idiota. Lo que pasa es que no te gusta porque venció al equipo de Gryffindor en el partido de quidditch —repuso Hermione—. He oído que es un estudiante real¬mente bueno. Y es prefecto.
Lo dijo como si eso zanjara la cuestión.
—Sólo te gusta porque es guapo —dijo Ron mordaz¬mente.
—Perdona, a mí no me gusta la gente sólo porque sea guapa —repuso Hermione indignada.
Ron fingió que tosía, y su tos sonó algo así como: «¡Lockhart!»

76.
—¡No me lo puedo creer! —exclamó Ron asombrado cuando los alumnos de Hogwarts, formados en fila, volvían a subir la escalinata tras la comitiva de Durmstrang—. ¡Krum, Harry! ¡Es Viktor Krum!
—¡Ron, por Dios, no es más que un jugador de quid¬ditch! —dijo Hermione.
—¿Nada más que un jugador de quidditch? —repitió Ron, mirándola como si no pudiera dar crédito a sus oídos—. ¡Es uno de los mejores buscadores del mundo, Hermione! ¡Nunca me hubiera imaginado que aún fuera al colegio!

77.
—¿Qué es esto? —dijo Ron, señalando una larga sopera llena de una especie de guiso de marisco que había al lado de un familiar pastel de carne y riñones.
—Bullabesa —repuso Hermione.
—Por si acaso, tuya —replicó Ron.
—Es un plato francés —explicó Hermione—. Lo probé en vacaciones, este verano no, el anterior, y es muy rica.
—Te creo sin necesidad de probarla —dijo Ron sirvién¬dose pastel.
78.
—«Pegdonad», ¿no «queguéis» bouillabaisse?
Se trataba de la misma chica de Beauxbatons que se había reído durante el discurso de Dumbledore. Al fin se ha¬bía quitado la bufanda. Una larga cortina de pelo rubio plateado le caía casi hasta la cintura. Tenía los ojos muy azules y los dientes muy blancos y regulares.
Ron se puso colorado. La miró, abrió la boca para con¬testar, pero de ella no salió nada más que un débil gorjeo.
—Puedes llevártela —le dijo Harry, acercándole a la chica la sopera.
—¿Habéis «tegminado» con ella?
—Sí —repuso Ron sin aliento—. Sí, es deliciosa.
La chica cogió la sopera y se la llevó con cuidado a la mesa de Ravenclaw. Ron seguía mirándola con ojos desorbi¬tados, como si nunca hubiera visto una chica. Harry se echó a reír, y el sonido de su risa pareció sacar a Ron de su ensi¬mismamiento.
—¡Es una veela! —le dijo a Harry con voz ronca.
—¡Por supuesto que no lo es! —repuso Hermione áspe¬ramente—. No veo que nadie más se haya quedado mirán¬dola con la boca abierta como un idiota.
Pero no estaba totalmente en lo cierto. Cuando la chica cruzó el Gran Comedor muchos chicos volvieron la cabeza, y algunos se quedaban sin habla, igual que Ron.
—¡Te digo que no es una chica normal! —exclamó Ron, haciéndose a un lado para verla mejor—. ¡Las de Hogwarts no están tan bien!
—En Hogwarts las hay que están muy bien —contestó Harry, sin pensar. Daba la casualidad de que Cho Chang estaba sentada a unas pocas sillas de distancia de la chica del pelo plateado.
—Cuando podáis apartar la vista de ahí —dijo Hermio¬ne—, veréis quién acaba de llegar.

79.
A Harry le queda mucho por andar antes de que ter¬mine el Torneo —declaró muy seria—. Si esto ha sido la pri¬mera prueba, no me atrevo a pensar qué puede venir después.
—Eres la esperanza personificada, Hermione —le re¬prochó Ron—. Parece que te hayas puesto de acuerdo con la profesora Trelawney.

80.
—Serías un concentrado de fantasma —dijo Ron rién¬dose alegremente cuando se cruzaron con el Barón Sangui¬nario, que iba en el sentido opuesto, con una expresión siniestra en los ojos—. Al menos no nos han puesto deberes. Espero que la profesora Vector le haya puesto a Hermione un montón de trabajo. Me encanta no hacer nada mientras ella está...

81.
—¡Hermione! —dijo Ron cayendo en la cuenta—. ¡Nos quieres liar otra vez en ese rollo del pedo!
—¡No, no, no es verdad! —se apresuró a negar ella—. Y no se llama «pedo», Ron.
—¿Le has cambiado el nombre? —preguntó Ron, frun¬ciendo el entrecejo—. ¿Qué somos ahora, el Frente de Li¬beración de los Elfos Domésticos? Yo no me voy a meter en las cocinas para intentar que dejen de trabajar, ni lo sue¬ñes.
—¡No te pido nada de eso! —contestó Hermione un poco harta—. Acabo de venir a hablar con ellos y me he encontra¬do

82.
—Tendríamos que hacer algo, ¿sabes? Pedírselo a al¬guien. Fred tiene razón: podemos acabar con un par de trols.
Hermione dejó escapar un bufido de indignación.
—¿Un par de qué, perdona?
—Bueno, ya sabes —dijo Ron, encogiéndose de hom¬bros—. Preferiría ir solo que con... con Eloise Midgen, por ejemplo.
—Su acné está mucho mejor últimamente. ¡Y es muy simpática!
—Tiene la nariz torcida —objetó Ron.
—Ya veo —exclamó Hermione enfureciéndose—. Así que, básicamente, vas a intentar ir con la chica más gua¬pa que puedas, aunque sea un espanto como persona.
—Eh... bueno, sí, eso suena bastante bien —dijo Ron.
—Me voy a la cama —espetó Hermione, y sin decir otra palabra salió para la escalera que llevaba al dormitorio de las chicas.

83.
—Esto es una estupidez —afirmó Ron—. Somos los úni¬cos que quedamos sin pareja. Bueno, además de Neville. ¿A que no adivinas a quién se lo pidió él? ¡A Hermione!
—¿Qué? —exclamó Harry, completamente anonadado por aquella impactante noticia.
—¡Lo que oyes! —dijo Ron, y recobró parte del color al empezar a reírse—. ¡Me lo contó después de Pociones! Dijo que ella siempre ha sido muy buena con él, que siempre lo ha ayudado con el trabajo y todo eso... Pero ella le contestó que ya tenía pareja. ¡Ja! ¡Como si eso fuera posible! Lo que pasa es que no quería ir con Neville... Porque, claro, ¿quién sería capaz de ir con él?
—¡No digas eso! —dijo Ginny enfadada—. No te rías...
Justo en aquel momento entró Hermione por el hueco del retrato.
—¿Por qué no habéis ido a cenar? —les preguntó al acercarse a ellos.
—Porque... (ah, dejad de reíros) porque les han dado ca¬labazas a los dos —explicó Ginny.
Eso les paralizó la risa.
—Muchas gracias, Ginny —murmuró Ron con amargura.
—¿Están pilladas todas las guapas, Ron? —le dijo Her¬mione con altivez—. ¿Qué, empieza a parecerte bonita Eloise Midgen? Bueno, no os preocupéis. Estoy segura de que en al¬gún lugar encontraréis a alguien que quiera ir con vosotros.
Pero Ron estaba observando a Hermione como si de re¬pente la viera bajo una luz nueva.
—Hermione, Neville tiene razón: tú eres una chica...
—¡Qué observador! —dijo ella ácidamente.
—¡Bueno, entonces puedes ir con uno de nosotros!
—No, lo siento —espetó Hermione.
—¡Oh, vamos! —insistió Ron—. Necesitamos una pare¬ja: vamos a hacer el ridículo si no llevamos a nadie. Todo el mundo tiene ya pareja...
—No puedo ir con vosotros —repuso Hermione, rubori¬zándose—, porque ya tengo pareja.
—¡Vamos, no te quedes con nosotros! —dijo Ron—. ¡Le dijiste eso a Neville para librarte de él!
—¿Ah, sí? —replicó Hermione, y en sus ojos brilló una mirada peligrosa—. ¡Que tú hayas tardado tres años en no¬tarlo, Ron, no quiere decir que nadie se haya dado cuenta de que soy una chica!
Ron la miró. Luego volvió a sonreír.
—Vale, vale, ya sabemos que eres una chica. ¿Y ahora quieres venir?
—¡Ya os lo he dicho! —exclamó Hermione muy enfada¬da—. ¡Tengo pareja!
Y volvió a salir como un huracán hacia el dormitorio de las chicas.
—Es mentira —afirmó Ron, viéndola irse.
—No, no lo es —dijo Ginny en voz baja.
—Entonces, ¿con quién va? —preguntó Ron bruscamente.
—Yo no os lo voy a decir. Eso es cosa de ella —contestó Ginny.
—Bueno —dijo Ron, que parecía extraordinariamente desconcertado—, esto es ridículo. Ginny, tú puedes ir con Harry, y yo...
—No puedo —lo cortó Ginny, y también se puso colora¬da—. Soy la pareja de... de Neville. Me lo pidió después de que Hermione le dijera que no, y yo pensé... bueno... si no es con él no voy a poder ir, porque aún no estoy en cuarto. —Parecía muy triste—. Creo que voy a bajar a cenar —con¬cluyó. Se levantó y se fue por el hueco del retrato, con la ca¬beza gacha.
Ron miró a Harry.
—¿Qué mosca les ha picado? —preguntó.

84.

—¿Con quién vas a ir al baile, Hermione?
Ron le hacía aquella pregunta en los momentos más inesperados para ver si, al pillarla por sorpresa, conseguía que le contestara. Sin embargo, Hermione no hacía más que mirarlo con el entrecejo fruncido y responder:
—No te lo digo. Te reirías de mí.
—¿Bromeas, Weasley? —dijo Malfoy tras ellos—. ¡No me dirás que ha conseguido pareja para el baile! ¿La sangre sucia de los dientes largos?
Harry y Ron se dieron la vuelta bruscamente, pero Hermione saludó a alguien detrás de Malfoy:

85.
—¿Con quién vas a ir al baile, Hermione?
Ron le hacía aquella pregunta en los momentos más inesperados para ver si, al pillarla por sorpresa, conseguía que le contestara. Sin embargo, Hermione no hacía más que mirarlo con el entrecejo fruncido y responder:
—No te lo digo. Te reirías de mí.
—¿Bromeas, Weasley? —dijo Malfoy tras ellos—. ¡No me dirás que ha conseguido pareja para el baile! ¿La sangre sucia de los dientes largos?
Harry y Ron se dieron la vuelta bruscamente, pero Hermione saludó a alguien detrás de Malfoy:

86.
En lugar de participar en la pelea de bolas de nie¬ve entre Harry y los Weasley, Hermione prefirió contem¬plarla, y a las cinco les anunció que volvía al castillo para prepararse para el baile.
—Pero ¿te hacen falta tres horas? —se extrañó Ron, mi¬rándola sin comprender. Pagó su distracción recibiendo un bolazo de nieve arrojado por George que le pegó con fuerza en un lado de la cabeza—. ¿Con quién vas? —le gritó a Her¬mione cuando ya se iba; pero ella se limitó a hacer un gesto con la mano y entró en el castillo

87.
Ron observaba pasar a Hermio¬ne con los ojos casi cerrados; Padma parecía estar de mal humor.
Dumbledore sonrió de contento cuando los campeones se acercaron a la mesa principal. La expresión de Karkarov, en cambio, recordaba más bien a la de Ron al ver acercarse a Krum y Hermione.

88.
—¿Qué hay? —le preguntó Harry a Ron, sentándose y abriendo una botella de cerveza de mantequilla.
Ron no respondió. No quitaba ojo a Hermione y a Krum, que bailaban cerca de ellos. Padma estaba sentada con las piernas y los brazos cruzados, moviendo un pie al compás de la música.

89.
Hermione se acercó y se sentó en la silla que Parvati había dejado. Estaba un poco sofocada de tanto bailar.
—Hola —la saludó Harry.
Ron no dijo nada.
—Hace calor, ¿no? —comentó Hermione abanicándose con la mano—. Viktor acaba de ir por bebidas.
—¿Viktor? —dijo Ron con furia contenida—. ¿Todavía no te ha pedido que lo llames «Vicky»?
Hermione lo miró sorprendida.
—¿Qué te pasa? —le preguntó.
—Si no lo sabes, no te lo voy a explicar —replicó Ron mordazmente.
Hermione interrogó con la mirada a Harry, que se enco¬gió de hombros.
—Ron, ¿qué...?
—¡Es de Durmstrang! —soltó Ron—. ¡Compite contra Harry! ¡Contra Hogwarts! Tú, tú estás... —Ron estaba ob¬viamente buscando palabras lo bastante fuertes para describir el crimen de Hermione— ¡confraternizando con el enemigo, eso es lo que estás haciendo!
Hermione se quedó boquiabierta.
—¡No seas idiota! —contestó al cabo—. ¡El enemigo! No comprendo... ¿Quién era el que estaba tan emocionado cuan¬do lo vio llegar? ¿Quién era el que quería pedirle un autógra¬fo? ¿Quién tiene una miniatura suya en el dormitorio?
Ron prefirió no hacer caso de aquello.
—Supongo que te pidió ser su pareja cuando los dos es¬tabais en la biblioteca.
—Sí, así fue —respondió Hermione, y sus mejillas, que estaban ligeramente subidas de color, se pusieron de un rojo brillante—. ¿Y qué?
—¿Qué pasó? ¿Intentaste afiliarlo a la P.E.D.D.O.?
—¡No, nada de eso! ¡Si de verdad quieres saberlo, me dijo que había ido a la biblioteca todos los días para intentar hablar conmigo, pero que no había conseguido armarse del valor suficiente!
Hermione dijo esto muy aprisa, y se ruborizó tanto que su cara adquirió el mismo tono que la túnica de Parvati.
—Sí, bien, eso es lo que él dice —repuso Ron.
—¿Qué quieres decir con eso?
—¡Pues está bien claro! Él es alumno de Karkarov, ¿no? Sabe con quién vas... Intenta aproximarse a Harry, obtener información de él, o acercarse lo bastante para gafarlo.
Hermione reaccionó como si Ron le acabara de pegar una bofetada. Cuando al fin habló, le temblaba la voz.
—Para tu información, no me ha preguntado nada so¬bre Harry, absolutamente nada.
Inmediatamente Ron cambió de argumento.
—¡Entonces es que espera que lo ayudes a desentrañar el enigma del huevo! Supongo que durante esas encantadoras sesiones de biblioteca os habéis dedicado a pensar juntos...
—¡Yo nunca lo ayudaría a averiguar lo del huevo! —re¬plicó Hermione, ofendida—. Nunca. ¡Cómo puedes decir algo así...! Yo quiero que el Torneo lo gane Harry, y Harry lo sabe, ¿o no?
—Tienes una curiosa manera de demostrarlo —dijo Ron de forma despectiva.
—¡Se supone que la finalidad del Torneo es conocer ma¬gos extranjeros y hacer amistad con ellos! —repuso Hermio¬ne con voz chillona.
—¡No, no lo es! —gritó Ron—. ¡La finalidad es ganar!
La gente empezaba a mirarlos.
—Ron —dijo Harry en voz baja—, a mí no me parece mal que Hermione haya venido con Krum...
Pero Ron tampoco le hizo caso a Harry.
—¿Por qué no te vas a buscar a Vicky? —dijo—. Seguro que se pregunta dónde estás.
—¡No lo llames Vicky! —Hermione se puso en pie de un salto y salió como un huracán hacia la zona de baile, donde desapareció entre la multitud.
Con una mezcla de ira y satisfacción en la cara, Ron la vio irse.
—¿No vas a pedirme que bailemos? —le preguntó Padma.
—No —contestó Ron, sin dejar de mirar a Hermione.

90.
Fuera, en el vestíbulo, Harry y Ron vieron a Hermione despedirse de Krum antes de que volviera al barco. Ella le dirigió a Ron una mirada gélida, y pasó por su lado al subir la escalinata de mármol sin decirle nada. Harry y Ron la siguieron, pero a mitad de la escalinata Harry oyó que al¬guien lo llamaba:

91.
Entró en la sala común y vio a Hermione y Ron envueltos en una violenta disputa. Se gritaban a tres metros de distan¬cia, los dos rojos como tomates.
—Bueno, pues si no te gusta, ya sabes cuál es la solu¬ción, ¿no? —gritó Hermione; el pelo se le estaba despren¬diendo de su elegante moño, y tenía la cara tensa de ira.
—¿Ah, sí? —le respondió Ron—, ¿cuál es?
—¡La próxima vez que haya un baile, pídeme que sea tu pareja antes que ningún otro, y no como último recurso!
Ron movió la boca sin articular ningún sonido, como una carpa fuera del agua, mientras Hermione se daba me¬dia vuelta y subía como un rayo la escalera que llevaba al dormitorio. Ron se volvió hacia Harry.
—Bueno —balbuceó, atónito—, bueno... ahí está la prueba... Hasta ella se da cuenta de que no tiene razón.
Harry no le contestó. Estaba demasiado contento de ha¬ber vuelto a ser amigo de Ron para decir lo que pensaba jus¬to en aquel momento. Pero sabía que Hermione tenía mucha más razón que él.

92.
Ron y Hermione parecían haber llegado al acuerdo de no tocar más el tema de su disputa. Volvían a ser muy ama¬bles el uno con el otro, aunque algo formales.

93.
Él, Ron y Hermione salieron del castillo el sábado, y atravesaron el campo húmedo y frío en dirección a las ver¬jas. Al pasar junto al barco anclado en el lago, vieron salir a cubierta a Viktor Krum, sin otra prenda de ropa que el ba¬ñador. A pesar de su delgadez debía de ser bastante fuerte, porque se subió a la borda, estiró los brazos y se tiró al lago.
—¡Está loco! —exclamó Harry, mirando fijamente el re¬negrido pelo de Krum cuando su cabeza asomó en el medio del lago—. ¡Es enero, debe de estar helado!
—Hace mucho más frío en el lugar del que viene —co¬mentó Hermione—. Supongo que para él está tibia.
—Sí, pero además está el calamar gigante —señaló Ron. No parecía preocupado, más bien esperanzado.
Hermione notó el tono de su voz, y le puso mala cara.
—Es realmente majo, ¿sabéis? —dijo ella—. No es lo que uno podría pensar de alguien de Durmstrang. Me ha di¬cho que esto le gusta mucho más.
Ron no dijo nada. No había mencionado a Viktor Krum desde el baile, pero el 26 de diciembre Harry había encon¬trado bajo la cama un brazo en miniatura que tenía toda la pinta de haber sido desgajado de alguna figura que llevara la túnica de quidditch del equipo de Bulgaria.

94.
—¡Es usted una mujer horrible! —le dijo con los dientes apretados—. No le importa nada con tal de conseguir su histo¬ria, ¿verdad? Cualquiera valdrá, ¿eh? Hasta Ludo Bagman...
—Siéntate, estúpida, y no hables de lo que no entiendes —contestó fríamente Rita Skeeter, arrojándole a Hermione una dura mirada—. Yo sé cosas sobre Ludo Bagman que te pondrían los pelos de punta... y casi les iría bien —añadió, observando el pelo de Hermione.
—Vámonos —dijo Hermione—. Vamos, Harry... Ron.
Salieron. Mucha gente los observó mientras se iban. Harry miró atrás al llegar a la puerta: la pluma a vuelaplu¬ma de Rita Skeeter estaba fuera del bolso y se deslizaba de un lado a otro por encima de un pedazo de pergamino puesto sobre la mesa.
—Ahora la tomará contigo, Hermione —dijo Ron con voz baja y preocupada mientras subían la calle, deshacien¬do el camino por el que habían llegado.
—¡Que lo intente! —replicó Hermione con voz chillona. Temblaba de rabia—. ¡Ya verá! ¿Conque soy una estúpida? Pagará por esto. Primero Harry, luego Hagrid...
—No hay que hacer enfadar a Rita Skeeter —añadió Ron nervioso—. Te lo digo en serio, Hermione. Te buscará algo para ponerte en evidencia...
—¡Mis padres no leen El Profeta, así que no me va a me¬ter miedo! —contestó Hermione, dando tales zancadas que a Harry y Ron les costaba trabajo seguirla. La última vez que Harry había visto a Hermione tan enfadada, le había pe¬gado una bofetada a Draco Malfoy—. ¡Y Hagrid no va a seguir escondiendo la cabeza! ¡Nunca tendría que haber permitido que lo alterara esa imitación de ser humano! ¡Vamos!

95.
Fleur se inclinó, besó a Harry dos veces en cada mejilla (él sintió que la cara le ardía, y no le habría extrañado que le hubiera vuelto a salir humo por las orejas), y luego le dijo a Ron:
—Tú también la ayudaste.
—Sí —dijo Ron muy ilusionado—, un poco.
Fleur se abalanzó también sobre él para besarlo. Her¬mione parecía furiosa, pero justo entonces la voz mágicamente amplificada de Ludo Bagman retumbó junto a ellos y los sobresaltó. En las gradas, la multitud se quedó de repen¬te en silencio.

96.
—Pero yo tenía la varita oculta en la manga —le asegu¬raba a Padma Patil, que parecía haberse vuelto más amable con Ron cuando éste se convirtió en el centro de atención, y le hablaba cada vez que se cruzaba con él por los corredo¬res—. Si hubiera querido, podría haber raptado yo a esos atontados.
—¿Cuándo los ibas a raptar? ¿Mientras se mondaban de risa? —le preguntó Hermione mordazmente. Estaba muy irritable porque le tomaban mucho el pelo a propósito de que fuera ella la persona a la que Viktor Krum más valoraba.
Ron enrojeció hasta las orejas, y en adelante retomó la primera versión de los hechos.

97.
—¡Te lo advertí! —le dijo Ron a Hermione entre dien¬tes, mientras ella seguía con la vista fija en el artículo—. ¡Te advertí que no debías picarla! ¡Te ha presentado como una especie de... de mujer fatal!
Del rostro de Hermione desapareció la expresión de aturdimiento, y en su lugar soltó una risotada.
—¿Mujer fatal? —repitió, conteniendo la risa.
—Es como las llama mi madre —murmuró Ron, rubori¬zándose

98.
—Pero hay algo muy curioso —dijo Hermione diez mi¬nutos después, deteniendo la mano de mortero sobre el al¬mirez lleno de escarabajos—. ¿Cómo puede haberse enterado Rita Skeeter...?
—¿De qué? —se apresuró a preguntar Ron—. Tú no has preparado filtros amorosos, ¿no?
—No seas idiota —le soltó Hermione, comenzando a machacar los escarabajos—. Quiero decir... ¿cómo se habrá enterado de que Viktor Krum me ha invitado a visitarlo este verano?
Hermione se puso como un tomate al explicar esto, y evi¬tó por todos los medios la mirada de Ron.
—¿Qué? —exclamó éste, dejando caer la mano de mor¬tero, que hizo bastante ruido.
—Me lo pidió justo después de sacarme del lago —susu¬rró Hermione—. Después de volver a transformarse la ca¬beza. La señora Pomfrey nos dio una manta a cada uno, y luego él me llevó aparte para que no pudieran oírnos, y me dijo que si no tenía nada pensado para el verano, tal vez me gustaría...
—¿Y qué le respondiste? —preguntó Ron, que había re¬cuperado la mano de mortero y lo estaba usando sobre la mesa, bastante lejos de donde tenía el almirez, porque no apartaba los ojos de Hermione.
—Y dijo que nunca había sentido lo mismo por ninguna otra chica —siguió Hermione, poniéndose tan colorada que en aquel momento Ron casi notaba el calor que despren¬día—. Pero ¿cómo pudo oírlo Rita Skeeter? Ella no estaba por allí, ¿o sí? A lo mejor tiene una capa invisible, a lo mejor se infiltró en los terrenos del colegio para ver la segunda prueba...
—¿Y qué le respondiste tú? —repitió Ron, pegando tan fuerte con la mano de mortero que hizo una marca en el pupitre.
—Bueno, yo estaba demasiado ocupada intentando averiguar si vosotros dos estabais bien.
—Por fascinante que sea su vida social, señorita Gran¬ger —dijo una voz fría detrás de ellos—, le rogaría que no tratara sobre ella en mi clase. Diez puntos menos para Gryffindor.

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